¿Quieres ser mi musa? Marzo: No somos objetos

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¿Quieres ser mi musa? es una serie de 12 relatos, uno por cada mes de este año, uno por cada persona que desee inspirarlos.

Este es el tercero de la serie, por ahora los encontrarás en mi otro blog los de enero y febrero, aunque también los publicaré aquí.

Si tú también quieres ser mi musa e inspirar uno de mis relatos eróticos, puedes mandarme un mensaje en facebook o en twitter.

Y sin más preámbulos… ¡A bailar!

Sí, me gusta bailar. Sí, me encanta que me miren. Mi cuerpo es mío y es sencillamente perfecto para mí.

Lo que no me gusta es que se crean que, solo porque soy striper, soy un objeto de colección, una muñeca con la que jugar. Porque detrás de lo que hago, aunque nadie lo vea, hay mucho trabajo y horas de entrenamiento. Esa barra no se mueve sola, y pocas personas saben manejarla como yo.

–Chicas, hay novedades. La jefa nos ha reunido a todas en el vestuario después de la actuación.
–¿Y qué crees que querrá?
–Ni idea, solo ha dicho que va a haber reestructuración de personal.

Ya sé lo que significa eso. Significa, seguro, que Sofía se jubila. Que tendremos un jefe, en masculino, que se creerá con el derecho de comprarnos o vendernos al mejor postor. Y por ahí no paso. Nosotras no somos objetos. Antes dimito, a pesar de lo mucho que me gusta mi trabajo.

En mi vida había estado tan nerviosa. Me acerco al escenario y acaricio la barra. Miro a todos los presentes y me da miedo no saber en manos de cuál de esas caras de salido está mi destino. Me deslizo por el suelo, quizás esta sea la última vez que tenga que lanzar un sujetador. Lo hago despacio, con cuidado. Incluso, por primera vez en mi vida, con pudor. Suelto un tirante y recorro el contorno de mi pecho izquierdo hasta liberarlo de la tela. Hoy más que nunca, este espectáculo es para mí, me toco de verdad y siento que se me erizan los dos pezones.

El público enloquece, pero yo no les veo. Yo solo giro y me dejo llevar con la barra, ella es mi única amiga y no sé si volveré a verla.

Las luces se apagan y yo camino despacio hacia el camerino y hacia mi destino, con sudor de purpurina entre las manos. Sí, ahí está Sofía y sí, un hombre la acompaña. No es que sea tan mayor como yo esperaba, aunque quizás soy yo la que es muy joven para él.

Me siento más desnuda que hace un rato a pesar de la bata. Le miro desafiante, pero Sofía no me da tiempo a soltar mi discurso sobre las mujeres y los objetos.

–Chicas, este es Raúl, vuestro… vuestro nuevo compañero.

Todas hacemos un gesto como de taparnos las tetas con las manos, no entendemos muy bien la palabra “compañero” ni qué hace un hombre entre nosotras.

–¿Perdón?
–Que trabajará aquí. Que bailará con vosotras. Concretamente contigo, Marlene.

Marlene, esa soy yo. Y ahora tendré que compartir escenario con un hombre, qué bien.

Sofía se me acerca y me susurra, aunque no haría falta porque las otras están muy ocupadas comentando la jugada:

–Antes de que preguntes, quiero que sepas que te escogí a ti porque quiero dar un nuevo giro al local. Espero que no me defraudes, nena.

Se pone a dar palmadas para agradecernos a todas la actuación y poner fin la función de hoy, como hace siempre. Eso significa que nos podemos ir a casa. O más bien, esta vez son mis compañeras las que se van.

–Tú te quedas con Raúl. Preparad algo que merezca mi inversión  y mi atención.

Y nos deja solos en el escenario. Le miro con cara de “quién te crees que eres” y me quedo quieta. Él por toda respuesta se quita los pantalones, y se queda con una especie de boxers:

–¿Nos ponemos a ello?

Y trepa por la barra. Trepa de una manera que nunca había visto en una mujer: con suavidad, con elegancia, y de una manera insultantemente sexy.

¿Es una guerra? Vale, a este juego yo también sé jugar. Aparto la mirada, me dirijo a la otra barra y la acaricio mientras mis manos, mis piernas y, sobre todo, mi precioso culo, suben hasta el techo y más allá.

Pose para ese fotógrafo inexistente. Mirada al frente, a ese público ausente. Sin darme cuenta, al deslizarme desde arriba bocabajo su cuerpo está ahí para recogerme, de pie, de espaldas a la barra, que sujeta con las dos manos. Mi cara a un soplido de la suya.

Se inclina hacia atrás con un movimiento digno de un contorsionista. Controlado, diría yo. Mis abdominales se ponen en funcionamiento y me sostienen hasta que mis piernas bajan hasta el suelo, y me quedo mirando al frente. Él se incorpora y me agarra por la cintura con decisión, esto estaba claramente previsto y me gusta.

Lo único que no puede controlar es esa erección. Yo tampoco. Sonrío.

Por lo visto también baila salsa, porque me coge las manos y me guía para darme la vuelta. Nos quedamos los dos a cuatro centímetros de distancia, justo el grosor de la barra. No hay aire que quepa entre los tres.

Él aparta la bata de seda y deja mi hombro al descubierto. Luego hace un gesto como de morderlo para deslizar el resto de la bata. Tira de ella a la vez con suavidad y pasión. Yo me pego más a la barra para terminar de desnudarle a él, que vuelve a arquear la espalda. No va a ser fácil que ceda, y curiosamente eso aumenta mis ganas. Al pegarme a la barra, mi pubis se clava en ella, y la siento fría. Exactamente lo que necesito ahora mismo, un poco de hielo para terminar de derretirme.

No lo pienso, lo hago. Empujo todavía más, y con las manos levanto sus piernas, que me abrazan instintivamente mientras sus manos tocan el suelo.

Rompo sus boxers, y él aprovecha el hueco que deja ahora la barra para entrar directo, sin rodeos, sin dudas. Frío y calor, y la barra lubricada en una lluvia de fluidos.

De pronto las luces se encienden, pero el telón no baja. Sofía nos mira, le hemos dado justo el espectáculo que ella quería. Un pase privado e irrepetible.

La pasión y la técnica, la química y la intuición, eso es lo que el público quiere. Nunca seremos dos objetos que se mueven por azar. Tampoco Sofía. Tampoco ellos.

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