Con los pies

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¿Quieres ser mi musa? es una serie de 12 relatos, uno por cada mes de este año, uno por cada persona que desee inspirarlos.

Para el mes de mayo os propongo otra escena del sofá, aunque bien distinta de la de abril.

Si tú también quieres ser mi musa e inspirar uno de mis relatos eróticos, no seas tímid@ y envíame un mensaje directo a través de facebook o en twitter.

-¡Eva!

En medio de la calle, sin paraguas, la lluvia resbalaba por su cuerpo. Aun así, no parecía tener prisa y me devolvió el saludo:

-¡Cuánto tiempo, Roberto! ¿Qué haces por aquí?

-Bueno, yo vivo ahí. Justo en esa esquina. -Señalé con el dedo el edificio.

Intenté mirarle a la cara, lo juro, pero era difícil apartar mis ojos de esa improvisada fiesta de camiseta mojada, y más aún de sus sandalias rojas. Crucé los dedos por que no se diera cuenta.

La invité a entrar en mi paraguas, y su piel mojada se pegó a la mía. Nos miramos y sonreímos como cuando éramos adolescentes. Como la última vez que nos vimos en persona.

-¿Puedo pedirte un favor?
-Claro, dime.
-No sabía que iba a llover tan fuerte, y tengo una reunión en veinte minutos. ¿Podría ir a tu casa y secarme un poco?
-Por supuesto, toda tuya.

Subimos la escalera. Yo detrás y ella delante, aunque ni siquiera supiese en qué piso vivo. Yo recogía toda la humedad que ella dejaba a su paso, y me maravillaba con esos pies tan imperfectamente perfectos, incluso desde atrás.

-Aquí es. Espero que no te asuste el desorden.
-No, tranquilo -contestó con una sonrisa.

Le abrí la puerta del baño, le di una toalla limpia y algo de ropa de Clarisa. Eva se quedó mirando el vestido y me dio las gracias sin preguntar. Yo le dejé sola en el baño y solo podía imaginármela dentro de él, al ser bajita seguro que le quedaría bien la ropa de una niña de trece años.

Al rato oí desde el salón su voz mezclada con el ruido del secador:

-Mi jefe dice que con esta lluvia se va a retrasar. Mejor, así aprovechamos y me cuentas qué ha sido de tu vida.

Esperé sentado en el sofá, pensando en qué decirle que no haya publicado ya en facebook. ¿Que me había casado poco después de dejar el instituto? ¿Que tengo una hija a la que me gustaría ver más a menudo? ¿Lo mal que funciona mi negocio? Mientras pensaba en todo eso, hubiera deseado tener visión láser para poder ver su cuerpo desnudo.

Fui a la cocina y abrí una botella de vino. Por lo poco que sabía, el blanco era justamente su favorito, así que abrí la botella y dejé dos copas en la mesita.

Cuando salió del baño, parecía veinte años más joven. Intenté disimular al verla descalza, pero supongo que por algo me llaman la sota de bastos. Ella se quedó mirando justo ese punto. La verdad es que normalmente me siento orgulloso de ella, pero por primera vez en mi vida no sabría decir si estaba más rojo por el calor o por la vergüenza. Solo sé que no podía dejar de mirar el límite de sus tobillos.

Eva se sentó en el sofá, como si fuese suyo, y apoyó los pies en mi regazo.

-Vaya… Así que es verdad lo que dicen.

Quise responder, pero no me llegaba la sangre al cerebro. Poco a poco, recuperé lo justo el habla para preguntar:

-¿Qué es lo que dicen exactamente?
-Que… te ponen… los pies. Y mucho, por lo que veo. -Parecía excitada con lo que se intuía bajo el pantalón-. ¿Quieres saber un secreto? A mis pies les gustas… tú.

No sé cómo, pero sucedió. Su pie izquierdo se metió en mi pantalón mientras con el derecho tiraba hacia abajo desde fuera para liberar a su presa. Cuando la vio al descubierto, soltó un grito, no sé bien si de sorpresa o de excitación:

-¡Dios mío! Sí que ha crecido…

Sus pies la agarraron y se movían suavemente arriba y abajo. Han pasado muchos pares de pies por entre mis piernas, pero los de Eva me estaban volviendo especialmente loco.

Desde donde estaba, en un momento me di cuenta de que no llevaba nada debajo del vestido. Me tumbé boca abajo en el sofá y, mientras dejaba que Eva siguiese masturbándome con los pies, enterré mi boca entre sus surcos. Metí la lengua bien adentro; ella estaba tan mojada que no tardó en correrse entre gritos y espasmos, marcando el ritmo con los pies. Desde donde estaba, yo no podía verla, pero imaginaba su cara, como lo hacía entonces, mientras se retorcía y sentí que se deshacía lentamente, entre escalofríos y debatiéndose entre si dejarme seguir o explotar hasta la última gota. Su deseo me alimentaba y seguí un poco más hasta que yo también dejé el sofá inundado. Literalmente.

Cuando vio cómo había sido capaz de ponerme, se recuperó en un instante, lista para una segunda ronda. Quería comprobar que algo tan grande cabía dentro de ella. Yo tardé exactamente lo mismo en volver a estar listo para la acción.

Sin quitarle el vestido, saqué la cabeza del escondite, agarré a Eva por los hombros y la hice rodar por el suelo. Nuestros cuerpos se acoplaron a la perfección, su interior me engullía y cuanto más crecía mi polla, más sitio tenía para darle placer.

Cuando su jefe llamó, Eva no podía evitar coger el teléfono, aunque fuese incapaz de articular palabra. Dejó que él hablara e hizo ver que le escuchaba mientras yo intentaba ahogar sus gemidos.

-Ya… voy. Ya…me.. voy. En cinco, cuatro…. Sí, ahí estaré. -Y colgó, o más bien se le cayó el teléfono de las manos.

La boca ligeramente abierta, otro escalofrío y una mirada a medio camino entre el deseo y la insaciabilidad. Se levantó de un brinco, se recompuso el pelo y se fue, no sin antes dejar un papel con su teléfono anotado.

Mi hija no preguntó por qué se había cruzado con una chica que llevaba su vestido preferido ni por qué había dos copas de vino a medio beber en la mesita del salón.

Antes de que entrase por la puerta, solo me dio tiempo a vestirme del todo y coger las bragas de encaje blanco del baño. Devolvérselas habría sido la excusa para quedar de nuevo con Eva, pero prefería imaginar que estaría pensando en mí al no llevarlas puestas mientras yo me embriagaba de nuevo de su olor en la soledad de mi habitación.

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