Quítate el velo

“Quítate el velo”.

No sabes cuántas veces he oído esa frase:

Quítate el velo, estarás más guapa.

Quítate el velo, que hace mucho calor.

Quítate el velo, no lo necesitas.

Quítate el velo, porque te oprime como mujer.

Quítate el velo, si no nadie sabrá si eres rubia o morena o tienes canas.

 

Y ahora estamos aquí. Ahora, tú me pides con la mirada que me quite el velo, y yo quiero quitármelo. Pero antes, quiero que tú te lo quites para mí.

Quítate ese velo, estarás más guapo. Mucho más guapo, si es que eso es posible.

Eso es, veo en tus ojos que sabes de qué estoy hablando, y eso me excita un poco más.

 

Quítate ese velo, que hace mucho calor… no sabes cuánto, o puede que sí. Si cierras los ojos lo verás mejor.

 

Quítate ese velo, no lo necesitas. Deja el velo, y de paso también los prejuicios en la puerta, y haz que tu ropa les siga. Por mi parte, acaba de caer una horquilla.

 

Quítate ese velo que te oprime como hombre. Mírame como la mujer que soy, sedienta de tu cuerpo desnudo y tu alma vulnerable, y bésame.

Muy bien. Tu lengua aprende rápido, ¿Quieres más? Otra horquilla cede a la presión de mi cuerpo.

 

Quítate ese velo, yo ya sé que el tinte no puede tapar del todo las canas de tu mente.

Despacio, levanta el mío. Puedes mirar y puedes tocar, pero solo si me dejas hacerlo a mí también.

 

¿Te sorprende la diferencia entre el pelo suave de mi cabeza y el rígido entre mis piernas?

Vamos, déjame llevarte a ese lugar secreto. Ese lugar detrás de mi velo y del tuyo, esa gruta de placer donde no hay sitio para nada más que tú, yo, mi sudor y el tuyo y nuestras respiraciones entrelazadas. Sin velos.

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Turno de tarde

Entro con una sonrisa y saludo a los compañeros de la mañana antes de hacer el relevo. Hoy es viernes y me toca estar sola. El resto tiene cosas mejores que hacer, por lo visto.

Ocho horas encerrada en un sótano sin contacto con el mundo exterior, sin saber si se ha hecho ya de noche. A nadie le gusta el turno de tarde. A nadie excepto a mí, porque me da tiempo para pensar.

Pensar en la vida, pensar en mis cosas mientras miro a ese reloj que ya ni funciona, cómplice de esas horas que nunca pasan. Pensar en que aquí nunca pasa nada nuevo.

Nada nuevo excepto el jefe. Ese jefe recién ascendido, con cara de poca cosa, delgadito, frágil… pero con mucho más por dentro de lo que se ve por fuera. Como yo.

El jefe que salió de este mismo sótano y que ahora mismo estará tres plantas más arriba, con derecho a ventanas, a wifi y a contacto humano.

No puedo evitar ir hacia mi último punto de conexión con el exterior y marcar su extensión.

¿Diego?

Buenas tardes, Moira! ¿Tienes algo para mí?

Si tú supieras lo que tengo para ti…

Pues… sí, sí, baja, por favor. Hay algo que quiero enseñarte.

Su respiración resuena desde el tercer piso, si cierro los ojos puedo sentir cada paso que da en el edificio casi vacío. Miro fijamente la puerta hasta que la manilla se mueve y él avanza hacia mí.

Siéntate. Aquí, en mi silla ‒le digo en un tono quizás demasiado autoritario.

Le paso el auricular derecho y yo me pongo el izquierdo, me siento en la mesa y le miro desde esa pequeña altura. He seleccionado expresamente esta conversación para él.

Objetivo habla con desconocida. Número de abonado de la provincia de Alicante…”

Objetivo”, además de ser un criminal con varios tipos de delitos a sus espaldas, es un gran consumidor de sexo de pago, y “desconocida” es una de esas mujeres a las que les gusta hablar con sus clientes sobre lo que les van a hacer.

Diego se sienta a escuchar las palabras de la chica y yo las voy traduciendo -en una traducción especialmente adaptada para esta ocasión- mientras imagino a Objetivo sintiendo de manos de su Desconocida lo que yo querría hacerle sentir a mi jefe.

Pregunta qué hora pasará esta tarde. Le recuerda que por dos horas son quinientos. Él contesta que entonces mejor cuatro horas.

Veo que Diego se acomoda, parece que se está preparando para la mejor parte.

¡Quítate la camisa!

No, de momento no es capaz de interpretar miradas, pero yo me muerdo el labio y suspiro por lo que creo que Ralph Lauren esconde bajo los botones.

Él me mira mientras yo pongo el ratón en el triangulito para detener la grabación. Por un momento, parece captar mis intenciones, porque duda un instante y dirige su mirada hacia la puerta. Sabe que está cerrada y que aquí no puede entrar nadie más que él. Y yo no puedo salir.

Luego sus ojos vuelven a mi pantalla, en la sala grande y vacía solo se oye su respiración como un eco, cada vez más intensa.

¿Sigo?

Tres botones y una camisa en el suelo más tarde en mi imaginación, la esclava sexual rusa dice con mi voz:

Si te portas bien, esta tarde me voy a poner lencería roja. Luego, dejaré que me la quites a mordiscos y descubras lo grandes que las tengo. Pillo a Diego con la mirada en ese par de puntos. Son más grandes de lo que parecen, no te creas.

Para responder a mi invitación, debería reseguir con la punta de los dedos el contorno y descubriría que con una sola mano no es bastante. Cierro los ojos y siento que su derecha hace movimientos circulares por fuera, mientras con la izquierda se cuela dentro de mi camiseta, llega hacia la espalda y me libera del sujetador. Después, las dos se mueven insaciables por dentro.

Ya sabes que para ti estarán siempre duras y sabrosas, ¿quieres probarlas? Y él dice: “Oh, sí, me encantaría”.

Diego no necesita tocarme. Sin saberlo, tiene la cabeza entera dentro de mi camiseta y siento su torso y su aliento caliente pegados a mí, y su lengua hace que mis pezones se tersen. No, no voy a abrir los ojos para descubrir que no es verdad.

Desde donde estoy, con las piernas colgando, me quito las sandalias de una patada. Me gustaría atraerle hacia mí con los pies desnudos, pero igual es mejor seguir soñando…

…Él mira la pantalla, aunque en mi mundo paralelo asoma su cabeza por mi escote y yo aprovecho para comprobar su erección con mis manos. Puede que a mi imaginación le guste jugar, pero la erección es claramente real. Tan real como enorme.

Por arte de magia, o quizás por mis manos expertas, cae su pantalón y mi falda va detrás. Sí, yo también llevo un conjunto de lencería roja.

Diego agarra el trocito de tela que custodia mi tarro de miel y se lo lleva a la cara para embriagarse con mi olor.

Le acerco todavía más a mí mientras repito las últimas palabras de mi paisana:

Voy a hacer que olvides todo, todo. Te voy a tomar, yo a ti, y vas a perder el control hasta que yo decida que te corras. ¿Entendido?

El Diego real asiente con la cabeza y yo no puedo evitar sentir su punta cálida y jugosa entre mis piernas y apretar las mías. Sí, él también lo nota.

¿Quieres que abra la puerta? Pues tendrás que esperar.

Ese enorme palo no hace más que crecer, ansioso por entrar. Mis piernas empiezan a ceder, me detengo un instante y mis labios muerden los suyos. Él las separa con violencia y ya no hay barreras, solo gritos, sudor y calor. Y la voz de un objetivo que sueña con una total conocida a lo lejos, en el suelo de la estancia.

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