Quítate el velo

“Quítate el velo”.

No sabes cuántas veces he oído esa frase:

Quítate el velo, estarás más guapa.

Quítate el velo, que hace mucho calor.

Quítate el velo, no lo necesitas.

Quítate el velo, porque te oprime como mujer.

Quítate el velo, si no nadie sabrá si eres rubia o morena o tienes canas.

 

Y ahora estamos aquí. Ahora, tú me pides con la mirada que me quite el velo, y yo quiero quitármelo. Pero antes, quiero que tú te lo quites para mí.

Quítate ese velo, estarás más guapo. Mucho más guapo, si es que eso es posible.

Eso es, veo en tus ojos que sabes de qué estoy hablando, y eso me excita un poco más.

 

Quítate ese velo, que hace mucho calor… no sabes cuánto, o puede que sí. Si cierras los ojos lo verás mejor.

 

Quítate ese velo, no lo necesitas. Deja el velo, y de paso también los prejuicios en la puerta, y haz que tu ropa les siga. Por mi parte, acaba de caer una horquilla.

 

Quítate ese velo que te oprime como hombre. Mírame como la mujer que soy, sedienta de tu cuerpo desnudo y tu alma vulnerable, y bésame.

Muy bien. Tu lengua aprende rápido, ¿Quieres más? Otra horquilla cede a la presión de mi cuerpo.

 

Quítate ese velo, yo ya sé que el tinte no puede tapar del todo las canas de tu mente.

Despacio, levanta el mío. Puedes mirar y puedes tocar, pero solo si me dejas hacerlo a mí también.

 

¿Te sorprende la diferencia entre el pelo suave de mi cabeza y el rígido entre mis piernas?

Vamos, déjame llevarte a ese lugar secreto. Ese lugar detrás de mi velo y del tuyo, esa gruta de placer donde no hay sitio para nada más que tú, yo, mi sudor y el tuyo y nuestras respiraciones entrelazadas. Sin velos.

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