La bomba

Llevo tres días encerrada en casa y no paro de pensar en qué hice mal. Le quería, y él a mí. Pero algo hice o, peor aún, algo no hice para que él me haga esto. Me miro de nuevo al espejo, tantos años después puedo llorar, ya nadie me oye.

-Pero… ¿Esto no era un relato erótico?

-Júzgalo tú…

Me miro, decía, me miro al espejo y lloro, y hasta con lágrimas, con las ojeras de tres días, la cara sin lavar y el pelo despeinado, de pronto me veo todo lo guapa que nunca fui junto a él. Me siento bien, de repente es como si algo fuese a…

El timbre me saca de mis pensamientos. Qué raro, a estas horas nunca viene nadie… o al menos nunca estoy para recibir a esa potencial visita. En realidad hoy tampoco, pero para qué molestarme en secarme las lágrimas ni en ponerme algo más glamuroso que el pijama.

Por la mirilla veo el uniforme y decido abrir, aunque no espero ningún paquete. La chica me sonríe, me alcanza la caja y me pide que lo recoja.

-Es para su vecina, pero es la tercera vez que vengo y no consigo encontrarla en casa. ¿Podría…?

-¿Y no se supone que en estos casos el paquete se devuelve a la oficina?

-Sí; bueno, no. Es que este paquete es… o sea, aquí dice bien claro que hay que entregarlo y… ¿Está usted bien? -dice de pronto al verme la cara.

-Sí, gracias -Para evitar dar explicaciones, decido coger el paquete-. ¿Dónde tengo que firmar?

-Aquí. Pero si no le importa, ponga mejor el nombre de ella, que si no mi jefe… ya sabe…

Me mira con tanta pena que accedo a su petición. Saltarme las normas no me iba hasta hace tres días, pero ahora qué más da.

La mensajera se va sin entregarme siquiera una copia del albarán. Entro en casa con el paquete en la mano y me pregunto si he hecho bien… porque sí, ahí está bien grande el nombre y la dirección: Roberta Sanmartín, calle del Quinto 3, etcétera. Y sí, Roberta es mi vecina de toda la vida. Pero en ninguna parte viene el remitente ni pone de qué se trata, con tanto misterio empiezo a sospechar que se trate de una bomba.

Sacudo la caja en un impulso, al momento pienso que si se trata de una bomba de verdad eso no es lo mejor que puedo hacer…

– Esto… ¡queremos el relato erótico, nena!

– Vuestros deseos son órdenes… A no ser que sigáis interrumpiendo, claro.

Asustada, la tiro al suelo y me tapo los oídos en otro gesto absurdo. Milagrosamente no he volado por los aires, pero ya no puedo más. Tengo que saber qué hay en la caja, así que intento no pensar en que a Roberta esto no le va a hacer ninguna gracia mientras rasgo el papel.

Es una caja marrón sin ningún tipo de indicaciones ni nada. La abro con cuidado, y descubro el secreto tan bien guardado de mi vecina.  Efectivamente, es una bomba… Al menos, hay un papel que dice que lo es, un papel con un dibujo. Pero el objeto que hay en la caja… sí, se podría decir que es una especie de bomba… solo que lleva pegada una… una polla de plástico. La saco delicadamente y la agarro con la mano, será falsa pero desde luego es más grande y al tacto resulta más agradable que la de cierto desgraciado. Sin querer, empiezo a masturbarla, muevo mi mano arriba y abajo y ella no responde, pero aunque suene extraño, incluso así me provoca un placer inusual, inédito e inesperado.

Noto cómo la humedad empieza a brotar de mi centro y me doy cuenta de que el aparato tiene un mando enganchado a la supuesta bomba, que es una especie de pelota hinchable. No hace falta que nadie me diga lo que tengo que hacer esta vez. Tomo aire y se me escapa un jadeo al inflarla. Le pongo las pilas del mando de la tele y ella (¿o él?) se pone a temblar por mí como nunca lo ha hecho un humano.

Buf, suspiro mientras la coloco en la silla, la observo, la muevo, la recorro con la punta de mis dedos, me agacho y me la meto entera en la boca, disfrutando de cada uno de esos pasos de baile.

Si en mi boca ha cabido, quizás… quizás…

Me sonrío ante la mirada cómplice de la luna del armario. Estoy sola, esto es nuevo y me gusta. Me quito la parte de abajo del pijama y aparto con dos dedos las bragas de algodón, tendré que comprarme otras más bonitas para mí, mientras otros dos dedos guían a mi nuevo amigo hacia el lugar donde debe estar. De pie, me quito una pernera, pongo una pierna a cada lado de la silla y voy bajando con las rodillas hasta encontrar la posición y sentirla bien dentro mientras juego a hacer rodar la pelota al ritmo de mis caderas.

Me llena. Me completa. Entra y sale a mi ritmo sin que tenga que decirle nada, justo como, cuando y donde me gusta.

No puedo evitar gritar justo en el momento en que la bomba de relojería que soy explota. Las paredes hacen que mi grito resuene por todo el edificio…

Y de nuevo el timbre. De camino a la puerta intento recomponerme la ropa, aunque he dejado un claro y visible reguero de mi esencia en el pantalón del pijama. En una fracción de segundo, me doy cuenta de que la llevo entre las manos y lanzo la bomba y sus complementos por el pasillo.

Al otro lado de la puerta, Roberta grita si estoy bien y pregunta si necesito ayuda. Ha oído mis gritos y se ha asustado.

-No, gracias, ya bastante me has ayudado… -Sonrío.

Ella insiste tanto que me obliga a abrir la puerta. Aunque ni la dejo pasar, le basta solo con mirar al suelo del pasillo, mi pantalón a medio poner y mi cara para comprenderlo todo. Despacio, se retira a su casa, no sin antes guiñarme un ojo y devolverme esa sonrisa que ya nunca perderé.

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