Noche de fiesta

‒No sabes cuánto hace que no salgo.

‒Pues anda, que yo…

‒Es que, ya sabes, a Esteban no le gusta que…

‒¡Ni a Rafa!

‒¿Qué se pensarán que vamos a hacer a estas alturas?

‒A saber. Aunque con ese cuerpo que tienes, es normal que tenga miedo de que alguien se lo robe.

‒Ya, pero… ¿sabes qué te digo? ¡Que nadie te puede robar algo que no te pertenece! Mi cuerpo es mío, solo mío, y hago con él lo que me da la gana.

‒¡Bien dicho, yo opino lo mismo!

Laura me pellizca el culo. Y de pronto nos miramos y lo decidimos. Nos conocemos desde hace tanto que las palabras no siempre son necesarias.

Hemos probado de todo en la vida juntas, todo excepto esto. A Laura y a mí nos gustan los hombres demasiado. Pero… ¿y si…?

‒¡Vamos, no hay huevos!

‒¿En serio?

La cojo de la mano y nos metemos en uno de los baños del local. Ella baja la tapa y se pone de pie encima. Casi sin tocarse, el tanga rueda por sus piernas y yo meto la cabeza por debajo dentro de su falda.

Es extraño notar la humedad caliente entre las piernas de otra. Si levanto la mirada hacia arriba, puedo ver unas tetas perfectas -no es la primera vez que las veo, pero desde abajo se aprecian mejor-, que en un segundo también se han liberado de la presión y de la prisión del sujetador.

Siempre pensé que olería mal ahí abajo, pero a la hora de la verdad resulta adictivo. Muerdo cada pedazo de su pubis de manera voraz, ella me aprieta la cabeza con la mano y todo sucede muy deprisa. Ella grita, yo grito, la gente que hay ahí afuera nos oye por encima de la música de la sala y nos aplaude más a nosotras que a los músicos que están tocando.

Laura baja de su pedestal y me besa. No es un beso como los de Rafa, tiene un sabor ligero, preciso, difícil de definir. No es amor lo que refleja, quizás sea la misma curiosidad que siento yo.

Me aprieta contra la puerta y me mete los dedos. Sin pensar, sin preliminares. Si quiere que me corra por segunda vez en menos de cinco minutos, puede que… puede que lo…

‒Dios.

Recojo el tanga del suelo y lo vuelvo a subir por las piernas de Laura, persiguiendo ese olor hasta su centro. Ella se recompone el resto de la ropa, rehacemos cada una el maquillaje y el peinado de la otra y volvemos a la pista de baile entre ovaciones.

Ella me mira y sé que piensa en Esteban, porque probablemente yo tenga la misma cara y en mi mente solo hay espacio para Rafa. Aunque ya no volverá a ser lo mismo, eso las dos lo sabemos. Ni para nosotras ni para ellos, aunque no lo sepan jamás.

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La bomba
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