Protegido: Dos discursos reales

Este contenido está protegido por contraseña. Para verlo introduce tu contraseña a continuación:

Share This:


Noche de fiesta

‒No sabes cuánto hace que no salgo.

‒Pues anda, que yo…

‒Es que, ya sabes, a Esteban no le gusta que…

‒¡Ni a Rafa!

‒¿Qué se pensarán que vamos a hacer a estas alturas?

‒A saber. Aunque con ese cuerpo que tienes, es normal que tenga miedo de que alguien se lo robe.

‒Ya, pero… ¿sabes qué te digo? ¡Que nadie te puede robar algo que no te pertenece! Mi cuerpo es mío, solo mío, y hago con él lo que me da la gana.

‒¡Bien dicho, yo opino lo mismo!

Laura me pellizca el culo. Y de pronto nos miramos y lo decidimos. Nos conocemos desde hace tanto que las palabras no siempre son necesarias.

Hemos probado de todo en la vida juntas, todo excepto esto. A Laura y a mí nos gustan los hombres demasiado. Pero… ¿y si…?

‒¡Vamos, no hay huevos!

‒¿En serio?

La cojo de la mano y nos metemos en uno de los baños del local. Ella baja la tapa y se pone de pie encima. Casi sin tocarse, el tanga rueda por sus piernas y yo meto la cabeza por debajo dentro de su falda.

Es extraño notar la humedad caliente entre las piernas de otra. Si levanto la mirada hacia arriba, puedo ver unas tetas perfectas -no es la primera vez que las veo, pero desde abajo se aprecian mejor-, que en un segundo también se han liberado de la presión y de la prisión del sujetador.

Siempre pensé que olería mal ahí abajo, pero a la hora de la verdad resulta adictivo. Muerdo cada pedazo de su pubis de manera voraz, ella me aprieta la cabeza con la mano y todo sucede muy deprisa. Ella grita, yo grito, la gente que hay ahí afuera nos oye por encima de la música de la sala y nos aplaude más a nosotras que a los músicos que están tocando.

Laura baja de su pedestal y me besa. No es un beso como los de Rafa, tiene un sabor ligero, preciso, difícil de definir. No es amor lo que refleja, quizás sea la misma curiosidad que siento yo.

Me aprieta contra la puerta y me mete los dedos. Sin pensar, sin preliminares. Si quiere que me corra por segunda vez en menos de cinco minutos, puede que… puede que lo…

‒Dios.

Recojo el tanga del suelo y lo vuelvo a subir por las piernas de Laura, persiguiendo ese olor hasta su centro. Ella se recompone el resto de la ropa, rehacemos cada una el maquillaje y el peinado de la otra y volvemos a la pista de baile entre ovaciones.

Ella me mira y sé que piensa en Esteban, porque probablemente yo tenga la misma cara y en mi mente solo hay espacio para Rafa. Aunque ya no volverá a ser lo mismo, eso las dos lo sabemos. Ni para nosotras ni para ellos, aunque no lo sepan jamás.

Share This:


La bomba

Llevo tres días encerrada en casa y no paro de pensar en qué hice mal. Le quería, y él a mí. Pero algo hice o, peor aún, algo no hice para que él me haga esto. Me miro de nuevo al espejo, tantos años después puedo llorar, ya nadie me oye.

-Pero… ¿Esto no era un relato erótico?

-Júzgalo tú…

Me miro, decía, me miro al espejo y lloro, y hasta con lágrimas, con las ojeras de tres días, la cara sin lavar y el pelo despeinado, de pronto me veo todo lo guapa que nunca fui junto a él. Me siento bien, de repente es como si algo fuese a…

El timbre me saca de mis pensamientos. Qué raro, a estas horas nunca viene nadie… o al menos nunca estoy para recibir a esa potencial visita. En realidad hoy tampoco, pero para qué molestarme en secarme las lágrimas ni en ponerme algo más glamuroso que el pijama.

Por la mirilla veo el uniforme y decido abrir, aunque no espero ningún paquete. La chica me sonríe, me alcanza la caja y me pide que lo recoja.

-Es para su vecina, pero es la tercera vez que vengo y no consigo encontrarla en casa. ¿Podría…?

-¿Y no se supone que en estos casos el paquete se devuelve a la oficina?

-Sí; bueno, no. Es que este paquete es… o sea, aquí dice bien claro que hay que entregarlo y… ¿Está usted bien? -dice de pronto al verme la cara.

-Sí, gracias -Para evitar dar explicaciones, decido coger el paquete-. ¿Dónde tengo que firmar?

-Aquí. Pero si no le importa, ponga mejor el nombre de ella, que si no mi jefe… ya sabe…

Me mira con tanta pena que accedo a su petición. Saltarme las normas no me iba hasta hace tres días, pero ahora qué más da.

La mensajera se va sin entregarme siquiera una copia del albarán. Entro en casa con el paquete en la mano y me pregunto si he hecho bien… porque sí, ahí está bien grande el nombre y la dirección: Roberta Sanmartín, calle del Quinto 3, etcétera. Y sí, Roberta es mi vecina de toda la vida. Pero en ninguna parte viene el remitente ni pone de qué se trata, con tanto misterio empiezo a sospechar que se trate de una bomba.

Sacudo la caja en un impulso, al momento pienso que si se trata de una bomba de verdad eso no es lo mejor que puedo hacer…

– Esto… ¡queremos el relato erótico, nena!

– Vuestros deseos son órdenes… A no ser que sigáis interrumpiendo, claro.

Asustada, la tiro al suelo y me tapo los oídos en otro gesto absurdo. Milagrosamente no he volado por los aires, pero ya no puedo más. Tengo que saber qué hay en la caja, así que intento no pensar en que a Roberta esto no le va a hacer ninguna gracia mientras rasgo el papel.

Es una caja marrón sin ningún tipo de indicaciones ni nada. La abro con cuidado, y descubro el secreto tan bien guardado de mi vecina.  Efectivamente, es una bomba… Al menos, hay un papel que dice que lo es, un papel con un dibujo. Pero el objeto que hay en la caja… sí, se podría decir que es una especie de bomba… solo que lleva pegada una… una polla de plástico. La saco delicadamente y la agarro con la mano, será falsa pero desde luego es más grande y al tacto resulta más agradable que la de cierto desgraciado. Sin querer, empiezo a masturbarla, muevo mi mano arriba y abajo y ella no responde, pero aunque suene extraño, incluso así me provoca un placer inusual, inédito e inesperado.

Noto cómo la humedad empieza a brotar de mi centro y me doy cuenta de que el aparato tiene un mando enganchado a la supuesta bomba, que es una especie de pelota hinchable. No hace falta que nadie me diga lo que tengo que hacer esta vez. Tomo aire y se me escapa un jadeo al inflarla. Le pongo las pilas del mando de la tele y ella (¿o él?) se pone a temblar por mí como nunca lo ha hecho un humano.

Buf, suspiro mientras la coloco en la silla, la observo, la muevo, la recorro con la punta de mis dedos, me agacho y me la meto entera en la boca, disfrutando de cada uno de esos pasos de baile.

Si en mi boca ha cabido, quizás… quizás…

Me sonrío ante la mirada cómplice de la luna del armario. Estoy sola, esto es nuevo y me gusta. Me quito la parte de abajo del pijama y aparto con dos dedos las bragas de algodón, tendré que comprarme otras más bonitas para mí, mientras otros dos dedos guían a mi nuevo amigo hacia el lugar donde debe estar. De pie, me quito una pernera, pongo una pierna a cada lado de la silla y voy bajando con las rodillas hasta encontrar la posición y sentirla bien dentro mientras juego a hacer rodar la pelota al ritmo de mis caderas.

Me llena. Me completa. Entra y sale a mi ritmo sin que tenga que decirle nada, justo como, cuando y donde me gusta.

No puedo evitar gritar justo en el momento en que la bomba de relojería que soy explota. Las paredes hacen que mi grito resuene por todo el edificio…

Y de nuevo el timbre. De camino a la puerta intento recomponerme la ropa, aunque he dejado un claro y visible reguero de mi esencia en el pantalón del pijama. En una fracción de segundo, me doy cuenta de que la llevo entre las manos y lanzo la bomba y sus complementos por el pasillo.

Al otro lado de la puerta, Roberta grita si estoy bien y pregunta si necesito ayuda. Ha oído mis gritos y se ha asustado.

-No, gracias, ya bastante me has ayudado… -Sonrío.

Ella insiste tanto que me obliga a abrir la puerta. Aunque ni la dejo pasar, le basta solo con mirar al suelo del pasillo, mi pantalón a medio poner y mi cara para comprenderlo todo. Despacio, se retira a su casa, no sin antes guiñarme un ojo y devolverme esa sonrisa que ya nunca perderé.

Share This:


Quítate el velo

“Quítate el velo”.

No sabes cuántas veces he oído esa frase:

Quítate el velo, estarás más guapa.

Quítate el velo, que hace mucho calor.

Quítate el velo, no lo necesitas.

Quítate el velo, porque te oprime como mujer.

Quítate el velo, si no nadie sabrá si eres rubia o morena o tienes canas.

 

Y ahora estamos aquí. Ahora, tú me pides con la mirada que me quite el velo, y yo quiero quitármelo. Pero antes, quiero que tú te lo quites para mí.

Quítate ese velo, estarás más guapo. Mucho más guapo, si es que eso es posible.

Eso es, veo en tus ojos que sabes de qué estoy hablando, y eso me excita un poco más.

 

Quítate ese velo, que hace mucho calor… no sabes cuánto, o puede que sí. Si cierras los ojos lo verás mejor.

 

Quítate ese velo, no lo necesitas. Deja el velo, y de paso también los prejuicios en la puerta, y haz que tu ropa les siga. Por mi parte, acaba de caer una horquilla.

 

Quítate ese velo que te oprime como hombre. Mírame como la mujer que soy, sedienta de tu cuerpo desnudo y tu alma vulnerable, y bésame.

Muy bien. Tu lengua aprende rápido, ¿Quieres más? Otra horquilla cede a la presión de mi cuerpo.

 

Quítate ese velo, yo ya sé que el tinte no puede tapar del todo las canas de tu mente.

Despacio, levanta el mío. Puedes mirar y puedes tocar, pero solo si me dejas hacerlo a mí también.

 

¿Te sorprende la diferencia entre el pelo suave de mi cabeza y el rígido entre mis piernas?

Vamos, déjame llevarte a ese lugar secreto. Ese lugar detrás de mi velo y del tuyo, esa gruta de placer donde no hay sitio para nada más que tú, yo, mi sudor y el tuyo y nuestras respiraciones entrelazadas. Sin velos.

Share This:


Turno de tarde

Entro con una sonrisa y saludo a los compañeros de la mañana antes de hacer el relevo. Hoy es viernes y me toca estar sola. El resto tiene cosas mejores que hacer, por lo visto.

Ocho horas encerrada en un sótano sin contacto con el mundo exterior, sin saber si se ha hecho ya de noche. A nadie le gusta el turno de tarde. A nadie excepto a mí, porque me da tiempo para pensar.

Pensar en la vida, pensar en mis cosas mientras miro a ese reloj que ya ni funciona, cómplice de esas horas que nunca pasan. Pensar en que aquí nunca pasa nada nuevo.

Nada nuevo excepto el jefe. Ese jefe recién ascendido, con cara de poca cosa, delgadito, frágil… pero con mucho más por dentro de lo que se ve por fuera. Como yo.

El jefe que salió de este mismo sótano y que ahora mismo estará tres plantas más arriba, con derecho a ventanas, a wifi y a contacto humano.

No puedo evitar ir hacia mi último punto de conexión con el exterior y marcar su extensión.

¿Diego?

Buenas tardes, Moira! ¿Tienes algo para mí?

Si tú supieras lo que tengo para ti…

Pues… sí, sí, baja, por favor. Hay algo que quiero enseñarte.

Su respiración resuena desde el tercer piso, si cierro los ojos puedo sentir cada paso que da en el edificio casi vacío. Miro fijamente la puerta hasta que la manilla se mueve y él avanza hacia mí.

Siéntate. Aquí, en mi silla ‒le digo en un tono quizás demasiado autoritario.

Le paso el auricular derecho y yo me pongo el izquierdo, me siento en la mesa y le miro desde esa pequeña altura. He seleccionado expresamente esta conversación para él.

Objetivo habla con desconocida. Número de abonado de la provincia de Alicante…”

Objetivo”, además de ser un criminal con varios tipos de delitos a sus espaldas, es un gran consumidor de sexo de pago, y “desconocida” es una de esas mujeres a las que les gusta hablar con sus clientes sobre lo que les van a hacer.

Diego se sienta a escuchar las palabras de la chica y yo las voy traduciendo -en una traducción especialmente adaptada para esta ocasión- mientras imagino a Objetivo sintiendo de manos de su Desconocida lo que yo querría hacerle sentir a mi jefe.

Pregunta qué hora pasará esta tarde. Le recuerda que por dos horas son quinientos. Él contesta que entonces mejor cuatro horas.

Veo que Diego se acomoda, parece que se está preparando para la mejor parte.

¡Quítate la camisa!

No, de momento no es capaz de interpretar miradas, pero yo me muerdo el labio y suspiro por lo que creo que Ralph Lauren esconde bajo los botones.

Él me mira mientras yo pongo el ratón en el triangulito para detener la grabación. Por un momento, parece captar mis intenciones, porque duda un instante y dirige su mirada hacia la puerta. Sabe que está cerrada y que aquí no puede entrar nadie más que él. Y yo no puedo salir.

Luego sus ojos vuelven a mi pantalla, en la sala grande y vacía solo se oye su respiración como un eco, cada vez más intensa.

¿Sigo?

Tres botones y una camisa en el suelo más tarde en mi imaginación, la esclava sexual rusa dice con mi voz:

Si te portas bien, esta tarde me voy a poner lencería roja. Luego, dejaré que me la quites a mordiscos y descubras lo grandes que las tengo. Pillo a Diego con la mirada en ese par de puntos. Son más grandes de lo que parecen, no te creas.

Para responder a mi invitación, debería reseguir con la punta de los dedos el contorno y descubriría que con una sola mano no es bastante. Cierro los ojos y siento que su derecha hace movimientos circulares por fuera, mientras con la izquierda se cuela dentro de mi camiseta, llega hacia la espalda y me libera del sujetador. Después, las dos se mueven insaciables por dentro.

Ya sabes que para ti estarán siempre duras y sabrosas, ¿quieres probarlas? Y él dice: “Oh, sí, me encantaría”.

Diego no necesita tocarme. Sin saberlo, tiene la cabeza entera dentro de mi camiseta y siento su torso y su aliento caliente pegados a mí, y su lengua hace que mis pezones se tersen. No, no voy a abrir los ojos para descubrir que no es verdad.

Desde donde estoy, con las piernas colgando, me quito las sandalias de una patada. Me gustaría atraerle hacia mí con los pies desnudos, pero igual es mejor seguir soñando…

…Él mira la pantalla, aunque en mi mundo paralelo asoma su cabeza por mi escote y yo aprovecho para comprobar su erección con mis manos. Puede que a mi imaginación le guste jugar, pero la erección es claramente real. Tan real como enorme.

Por arte de magia, o quizás por mis manos expertas, cae su pantalón y mi falda va detrás. Sí, yo también llevo un conjunto de lencería roja.

Diego agarra el trocito de tela que custodia mi tarro de miel y se lo lleva a la cara para embriagarse con mi olor.

Le acerco todavía más a mí mientras repito las últimas palabras de mi paisana:

Voy a hacer que olvides todo, todo. Te voy a tomar, yo a ti, y vas a perder el control hasta que yo decida que te corras. ¿Entendido?

El Diego real asiente con la cabeza y yo no puedo evitar sentir su punta cálida y jugosa entre mis piernas y apretar las mías. Sí, él también lo nota.

¿Quieres que abra la puerta? Pues tendrás que esperar.

Ese enorme palo no hace más que crecer, ansioso por entrar. Mis piernas empiezan a ceder, me detengo un instante y mis labios muerden los suyos. Él las separa con violencia y ya no hay barreras, solo gritos, sudor y calor. Y la voz de un objetivo que sueña con una total conocida a lo lejos, en el suelo de la estancia.

Share This:


Desde mi ventana

Yo no soy así, lo juro. Suena machista, pero es ella la que me hace hacer esto. Ella, cuando solo existe ella, mi cámara y yo.

Preparo el visor. Las 6:52, es la hora. Descorre la cortina como acariciándola, con dos dedos. Abre la ventana, saluda a la mañana y se estira mientras se prepara para vestirse. Yo la espío desde mi ventana (sí, lo sé, está feo esto de espiar, pero no puedo evitarlo, de verdad que no puedo).

Se aleja unos metros, pero mi cámara tiene un buen objetivo. Desde aquí huelo cómo se cae al suelo la camisa rosa del pijama de seda, lavanda y flores. ¿Quizá un toque de menta? Sí, hoy me llega el olor a menta.

El sol es un maravilloso foco natural sobre sus pechos, podría alargar las manos y tocarlos pero no quiero. No, prefiero seguir aquí observando cómo despierta el día con ella, y mi entrepierna con los dos mientras mi mujer, la única a la que quiero más allá de mis fantasías, duerme plácidamente.

La pierdo dos segundos, y luego su sombra se mezcla con la del agua en la habitación contigua, que debe ser el baño. Se lava la cara y se peina, el torso aún desnudo, pasa la toalla por todo su cuerpo y vuelve a la habitación con la toalla alrededor de sus caderas.

Una vez de vuelta en la habitación, la vecina deja resbalar la toalla con suavidad y se toca; sé que lo hace con deseo de sí misma y yo, instintivamente, también la disfruto, a ella y a mí, con mis manos. Se ajusta los pechos dentro del sujetador, y yo imagino que esa sonrisa es para mí mientras el encaje recorre el camino de mis deseos, primero una pierna y después la otra hasta llegar a la cima del valle. Luego se da la vuelta y se agacha para mostrarme inconscientemente su perfecta redondez.

Se sienta en el borde de la cama para ponerse el pantalón, déjame que te ayude a abrochártelo a través de la lente de la cámara. La camiseta azul, con la medida justa de escote y de transparencia, parece hecha para ese cuerpo y esa imagen.

De pronto, ya vestida, se asoma a la ventana por primera vez desde hace meses a esta hora. Me mira, sonríe y me guiña un ojo. Mi objetivo se apaga para siempre. Se acabó el juego.

Share This:


Fugaz

–Hola.
–Hola, ¿tu primera vez?
–Sí.
–Pues mira, ahí es donde puedes arrojar el miedo y la vergüenza. Ahí, al fuego, ahí, lánzalos justo antes de la ropa.

Empieza la cuenta atrás para el ritual. El fuego arde y todos nos miramos y nos cogemos de las manos mientras la llama se aviva y pasa del rojo al amarillo al naranja al rojo y al amarillo.

–¡Corre!

Bonita sonrisa. Mi ritual este año es para ti. Puede que tú no lo sepas, pero sí lo sentirás.

Somos mar. Somos agua, y cielo, y tierra. Somos… libres. Sobre la arena, formamos una ola. Tú y yo, como un todo condenado a vivir y morir en este instante. ¿Fugaz? Tal vez, pero lo fugaz a veces es eterno en la mente.

Suena la sirena que marca el cambio de pareja y tu alma desaparece entre las de los demás. Te busco, desentierro otros cuerpos y los disfruto sin dejar de pensar en el tuyo. Me muevo a ciegas en la extraña y ambigua oscuridad tras la estela de tu olor que sabe a pólvora, a salvaje, a salitre y sudor. Ya casi ni me inmutan los demás, sus jadeos, sus ansias, sus particulares maneras de entender esta noche.

Y ahí estás de nuevo. Te abalanzas sobre mí y mientras nos devoramos siento que esta vez sí de verdad todo empieza y acaba aquí. Con los fuegos artificiales en nuestro interior, donde se junta el agua del mar con el viento de nuestros suspiros, el fuego con la arena y mi alma con la tuya.

Share This:


Con los pies

Share This:

¿Quieres ser mi musa? es una serie de 12 relatos, uno por cada mes de este año, uno por cada persona que desee inspirarlos.

Para el mes de mayo os propongo otra escena del sofá, aunque bien distinta de la de abril.

Si tú también quieres ser mi musa e inspirar uno de mis relatos eróticos, no seas tímid@ y envíame un mensaje directo a través de facebook o en twitter.

-¡Eva!

En medio de la calle, sin paraguas, la lluvia resbalaba por su cuerpo. Aun así, no parecía tener prisa y me devolvió el saludo:

-¡Cuánto tiempo, Roberto! ¿Qué haces por aquí?

-Bueno, yo vivo ahí. Justo en esa esquina. -Señalé con el dedo el edificio.

Intenté mirarle a la cara, lo juro, pero era difícil apartar mis ojos de esa improvisada fiesta de camiseta mojada, y más aún de sus sandalias rojas. Crucé los dedos por que no se diera cuenta.

La invité a entrar en mi paraguas, y su piel mojada se pegó a la mía. Nos miramos y sonreímos como cuando éramos adolescentes. Como la última vez que nos vimos en persona.

-¿Puedo pedirte un favor?
-Claro, dime.
-No sabía que iba a llover tan fuerte, y tengo una reunión en veinte minutos. ¿Podría ir a tu casa y secarme un poco?
-Por supuesto, toda tuya.

Subimos la escalera. Yo detrás y ella delante, aunque ni siquiera supiese en qué piso vivo. Yo recogía toda la humedad que ella dejaba a su paso, y me maravillaba con esos pies tan imperfectamente perfectos, incluso desde atrás.

-Aquí es. Espero que no te asuste el desorden.
-No, tranquilo -contestó con una sonrisa.

Le abrí la puerta del baño, le di una toalla limpia y algo de ropa de Clarisa. Eva se quedó mirando el vestido y me dio las gracias sin preguntar. Yo le dejé sola en el baño y solo podía imaginármela dentro de él, al ser bajita seguro que le quedaría bien la ropa de una niña de trece años.

Al rato oí desde el salón su voz mezclada con el ruido del secador:

-Mi jefe dice que con esta lluvia se va a retrasar. Mejor, así aprovechamos y me cuentas qué ha sido de tu vida.

Esperé sentado en el sofá, pensando en qué decirle que no haya publicado ya en facebook. ¿Que me había casado poco después de dejar el instituto? ¿Que tengo una hija a la que me gustaría ver más a menudo? ¿Lo mal que funciona mi negocio? Mientras pensaba en todo eso, hubiera deseado tener visión láser para poder ver su cuerpo desnudo.

Fui a la cocina y abrí una botella de vino. Por lo poco que sabía, el blanco era justamente su favorito, así que abrí la botella y dejé dos copas en la mesita.

Cuando salió del baño, parecía veinte años más joven. Intenté disimular al verla descalza, pero supongo que por algo me llaman la sota de bastos. Ella se quedó mirando justo ese punto. La verdad es que normalmente me siento orgulloso de ella, pero por primera vez en mi vida no sabría decir si estaba más rojo por el calor o por la vergüenza. Solo sé que no podía dejar de mirar el límite de sus tobillos.

Eva se sentó en el sofá, como si fuese suyo, y apoyó los pies en mi regazo.

-Vaya… Así que es verdad lo que dicen.

Quise responder, pero no me llegaba la sangre al cerebro. Poco a poco, recuperé lo justo el habla para preguntar:

-¿Qué es lo que dicen exactamente?
-Que… te ponen… los pies. Y mucho, por lo que veo. -Parecía excitada con lo que se intuía bajo el pantalón-. ¿Quieres saber un secreto? A mis pies les gustas… tú.

No sé cómo, pero sucedió. Su pie izquierdo se metió en mi pantalón mientras con el derecho tiraba hacia abajo desde fuera para liberar a su presa. Cuando la vio al descubierto, soltó un grito, no sé bien si de sorpresa o de excitación:

-¡Dios mío! Sí que ha crecido…

Sus pies la agarraron y se movían suavemente arriba y abajo. Han pasado muchos pares de pies por entre mis piernas, pero los de Eva me estaban volviendo especialmente loco.

Desde donde estaba, en un momento me di cuenta de que no llevaba nada debajo del vestido. Me tumbé boca abajo en el sofá y, mientras dejaba que Eva siguiese masturbándome con los pies, enterré mi boca entre sus surcos. Metí la lengua bien adentro; ella estaba tan mojada que no tardó en correrse entre gritos y espasmos, marcando el ritmo con los pies. Desde donde estaba, yo no podía verla, pero imaginaba su cara, como lo hacía entonces, mientras se retorcía y sentí que se deshacía lentamente, entre escalofríos y debatiéndose entre si dejarme seguir o explotar hasta la última gota. Su deseo me alimentaba y seguí un poco más hasta que yo también dejé el sofá inundado. Literalmente.

Cuando vio cómo había sido capaz de ponerme, se recuperó en un instante, lista para una segunda ronda. Quería comprobar que algo tan grande cabía dentro de ella. Yo tardé exactamente lo mismo en volver a estar listo para la acción.

Sin quitarle el vestido, saqué la cabeza del escondite, agarré a Eva por los hombros y la hice rodar por el suelo. Nuestros cuerpos se acoplaron a la perfección, su interior me engullía y cuanto más crecía mi polla, más sitio tenía para darle placer.

Cuando su jefe llamó, Eva no podía evitar coger el teléfono, aunque fuese incapaz de articular palabra. Dejó que él hablara e hizo ver que le escuchaba mientras yo intentaba ahogar sus gemidos.

-Ya… voy. Ya…me.. voy. En cinco, cuatro…. Sí, ahí estaré. -Y colgó, o más bien se le cayó el teléfono de las manos.

La boca ligeramente abierta, otro escalofrío y una mirada a medio camino entre el deseo y la insaciabilidad. Se levantó de un brinco, se recompuso el pelo y se fue, no sin antes dejar un papel con su teléfono anotado.

Mi hija no preguntó por qué se había cruzado con una chica que llevaba su vestido preferido ni por qué había dos copas de vino a medio beber en la mesita del salón.

Antes de que entrase por la puerta, solo me dio tiempo a vestirme del todo y coger las bragas de encaje blanco del baño. Devolvérselas habría sido la excusa para quedar de nuevo con Eva, pero prefería imaginar que estaría pensando en mí al no llevarlas puestas mientras yo me embriagaba de nuevo de su olor en la soledad de mi habitación.

Share This:


¿Quieres ser mi musa? Abril: A ciegas

Share This:

¿Quieres ser mi musa? es una serie de 12 relatos, uno por cada mes de este año, uno por cada persona que desee inspirarlos.

Abril es un mes especial, por eso esta historia también lo es. Excepcionalmente, este mes tengo dos musas, dos personas que hacen de abril un mes lleno de sentimientos para mí. En su honor, os presento un relato que se lee mejor a ciegas. Disfrutadlo en buena compañía, aunque no creo que tanto como servidora creándolo.

Si tú también quieres ser mi musa e inspirar uno de mis relatos eróticos, puedes mandarme un mensaje en facebook o en twitter.

Ven. Esta noche te toca dormir en el sofá.

No porque hayas sido malo, no; porque yo voy a ser muy mala contigo.

Eso es. Siéntate y deja que te ponga la venda en los ojos. Si no me ves, podrás sentirme mejor. Así, perfecto.

Ahora abre tu mano derecha. Voy a poner un objeto en ella, cógelo. ¿Sabes lo que es? Muy bien, es una pluma. Intenta tocarme con ella, estoy aquí cerca. Puedes acceder a cualquier parte de mi cuerpo.

Entra dentro de mi ropa. Desliza la pluma con suavidad por cualquier rincón imaginable, desde mi pelo hasta la punta de loa tobillos. Incluso, por esta vez, te dejo alcanzar cada dedo de mis pies. Hazlo como la primera vez, cuando nos conocimos en aquel aeropuerto. Como si fuera virgen; como si tú también lo fueras. Temblando, con el mismo miedo y la misma ansia. Eso es.

Veo que te está gustando tanto como a mí. Perfecto, sigue así. Deja que te coja la pluma, ahora me toca a mí.

¿Dónde vas? Las manos quietas, en la espalda. O en la cabeza, como más te guste. Ahora voy a colar mi mano dentro del pantalón y hacer volar la pluma entre tus piernas. ¿Te puedo quitar los pantalones? Creo que lo necesitas.

Por ese escalofrío, veo que sabes que me estoy quitando la ropa. Yo también estoy desnuda, pero no puedes tocarme. No todavía. Si sigues así vas a conseguir lo que nunca antes ha conseguido nadie. Tenerme toda para ti a ciegas.

Shhh. Así. Deja que me ocupe de ti. Durmamos en el sofá. O no.

 

Share This:


Apps para aprender idiomas

Como eterna estudiante de lenguas, creo que actualmente las nuevas tecnologías proporcionan muchas buenas herramientas para aprender idiomas, tanto para principiantes como para quienes quieren consolidar sus conocimientos. Aquí os presento mi propia experiencia y algunos consejos sobre algunas apps dedicadas a todos ellos, todas gratuitas aunque ofrecen funcionalidades de pago.

NOTA IMPORTANTE: He escogido solo apps con versión en español y en las que se pueden aprender varios idiomas a la vez porque personalmente no me fio mucho de aplicaciones que prometen muchos idiomas pero solo los ofrecen en uno.

Continue Reading

Share This: