Desde mi ventana

Yo no soy así, lo juro. Suena machista, pero es ella la que me hace hacer esto. Ella, cuando solo existe ella, mi cámara y yo.

Preparo el visor. Las 6:52, es la hora. Descorre la cortina como acariciándola, con dos dedos. Abre la ventana, saluda a la mañana y se estira mientras se prepara para vestirse. Yo la espío desde mi ventana (sí, lo sé, está feo esto de espiar, pero no puedo evitarlo, de verdad que no puedo).

Se aleja unos metros, pero mi cámara tiene un buen objetivo. Desde aquí huelo cómo se cae al suelo la camisa rosa del pijama de seda, lavanda y flores. ¿Quizá un toque de menta? Sí, hoy me llega el olor a menta.

El sol es un maravilloso foco natural sobre sus pechos, podría alargar las manos y tocarlos pero no quiero. No, prefiero seguir aquí observando cómo despierta el día con ella, y mi entrepierna con los dos mientras mi mujer, la única a la que quiero más allá de mis fantasías, duerme plácidamente.

La pierdo dos segundos, y luego su sombra se mezcla con la del agua en la habitación contigua, que debe ser el baño. Se lava la cara y se peina, el torso aún desnudo, pasa la toalla por todo su cuerpo y vuelve a la habitación con la toalla alrededor de sus caderas.

Una vez de vuelta en la habitación, la vecina deja resbalar la toalla con suavidad y se toca; sé que lo hace con deseo de sí misma y yo, instintivamente, también la disfruto, a ella y a mí, con mis manos. Se ajusta los pechos dentro del sujetador, y yo imagino que esa sonrisa es para mí mientras el encaje recorre el camino de mis deseos, primero una pierna y después la otra hasta llegar a la cima del valle. Luego se da la vuelta y se agacha para mostrarme inconscientemente su perfecta redondez.

Se sienta en el borde de la cama para ponerse el pantalón, déjame que te ayude a abrochártelo a través de la lente de la cámara. La camiseta azul, con la medida justa de escote y de transparencia, parece hecha para ese cuerpo y esa imagen.

De pronto, ya vestida, se asoma a la ventana por primera vez desde hace meses a esta hora. Me mira, sonríe y me guiña un ojo. Mi objetivo se apaga para siempre. Se acabó el juego.

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Fugaz

–Hola.
–Hola, ¿tu primera vez?
–Sí.
–Pues mira, ahí es donde puedes arrojar el miedo y la vergüenza. Ahí, al fuego, ahí, lánzalos justo antes de la ropa.

Empieza la cuenta atrás para el ritual. El fuego arde y todos nos miramos y nos cogemos de las manos mientras la llama se aviva y pasa del rojo al amarillo al naranja al rojo y al amarillo.

–¡Corre!

Bonita sonrisa. Mi ritual este año es para ti. Puede que tú no lo sepas, pero sí lo sentirás.

Somos mar. Somos agua, y cielo, y tierra. Somos… libres. Sobre la arena, formamos una ola. Tú y yo, como un todo condenado a vivir y morir en este instante. ¿Fugaz? Tal vez, pero lo fugaz a veces es eterno en la mente.

Suena la sirena que marca el cambio de pareja y tu alma desaparece entre las de los demás. Te busco, desentierro otros cuerpos y los disfruto sin dejar de pensar en el tuyo. Me muevo a ciegas en la extraña y ambigua oscuridad tras la estela de tu olor que sabe a pólvora, a salvaje, a salitre y sudor. Ya casi ni me inmutan los demás, sus jadeos, sus ansias, sus particulares maneras de entender esta noche.

Y ahí estás de nuevo. Te abalanzas sobre mí y mientras nos devoramos siento que esta vez sí de verdad todo empieza y acaba aquí. Con los fuegos artificiales en nuestro interior, donde se junta el agua del mar con el viento de nuestros suspiros, el fuego con la arena y mi alma con la tuya.

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Con los pies

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¿Quieres ser mi musa? es una serie de 12 relatos, uno por cada mes de este año, uno por cada persona que desee inspirarlos.

Para el mes de mayo os propongo otra escena del sofá, aunque bien distinta de la de abril.

Si tú también quieres ser mi musa e inspirar uno de mis relatos eróticos, no seas tímid@ y envíame un mensaje directo a través de facebook o en twitter.

-¡Eva!

En medio de la calle, sin paraguas, la lluvia resbalaba por su cuerpo. Aun así, no parecía tener prisa y me devolvió el saludo:

-¡Cuánto tiempo, Roberto! ¿Qué haces por aquí?

-Bueno, yo vivo ahí. Justo en esa esquina. -Señalé con el dedo el edificio.

Intenté mirarle a la cara, lo juro, pero era difícil apartar mis ojos de esa improvisada fiesta de camiseta mojada, y más aún de sus sandalias rojas. Crucé los dedos por que no se diera cuenta.

La invité a entrar en mi paraguas, y su piel mojada se pegó a la mía. Nos miramos y sonreímos como cuando éramos adolescentes. Como la última vez que nos vimos en persona.

-¿Puedo pedirte un favor?
-Claro, dime.
-No sabía que iba a llover tan fuerte, y tengo una reunión en veinte minutos. ¿Podría ir a tu casa y secarme un poco?
-Por supuesto, toda tuya.

Subimos la escalera. Yo detrás y ella delante, aunque ni siquiera supiese en qué piso vivo. Yo recogía toda la humedad que ella dejaba a su paso, y me maravillaba con esos pies tan imperfectamente perfectos, incluso desde atrás.

-Aquí es. Espero que no te asuste el desorden.
-No, tranquilo -contestó con una sonrisa.

Le abrí la puerta del baño, le di una toalla limpia y algo de ropa de Clarisa. Eva se quedó mirando el vestido y me dio las gracias sin preguntar. Yo le dejé sola en el baño y solo podía imaginármela dentro de él, al ser bajita seguro que le quedaría bien la ropa de una niña de trece años.

Al rato oí desde el salón su voz mezclada con el ruido del secador:

-Mi jefe dice que con esta lluvia se va a retrasar. Mejor, así aprovechamos y me cuentas qué ha sido de tu vida.

Esperé sentado en el sofá, pensando en qué decirle que no haya publicado ya en facebook. ¿Que me había casado poco después de dejar el instituto? ¿Que tengo una hija a la que me gustaría ver más a menudo? ¿Lo mal que funciona mi negocio? Mientras pensaba en todo eso, hubiera deseado tener visión láser para poder ver su cuerpo desnudo.

Fui a la cocina y abrí una botella de vino. Por lo poco que sabía, el blanco era justamente su favorito, así que abrí la botella y dejé dos copas en la mesita.

Cuando salió del baño, parecía veinte años más joven. Intenté disimular al verla descalza, pero supongo que por algo me llaman la sota de bastos. Ella se quedó mirando justo ese punto. La verdad es que normalmente me siento orgulloso de ella, pero por primera vez en mi vida no sabría decir si estaba más rojo por el calor o por la vergüenza. Solo sé que no podía dejar de mirar el límite de sus tobillos.

Eva se sentó en el sofá, como si fuese suyo, y apoyó los pies en mi regazo.

-Vaya… Así que es verdad lo que dicen.

Quise responder, pero no me llegaba la sangre al cerebro. Poco a poco, recuperé lo justo el habla para preguntar:

-¿Qué es lo que dicen exactamente?
-Que… te ponen… los pies. Y mucho, por lo que veo. -Parecía excitada con lo que se intuía bajo el pantalón-. ¿Quieres saber un secreto? A mis pies les gustas… tú.

No sé cómo, pero sucedió. Su pie izquierdo se metió en mi pantalón mientras con el derecho tiraba hacia abajo desde fuera para liberar a su presa. Cuando la vio al descubierto, soltó un grito, no sé bien si de sorpresa o de excitación:

-¡Dios mío! Sí que ha crecido…

Sus pies la agarraron y se movían suavemente arriba y abajo. Han pasado muchos pares de pies por entre mis piernas, pero los de Eva me estaban volviendo especialmente loco.

Desde donde estaba, en un momento me di cuenta de que no llevaba nada debajo del vestido. Me tumbé boca abajo en el sofá y, mientras dejaba que Eva siguiese masturbándome con los pies, enterré mi boca entre sus surcos. Metí la lengua bien adentro; ella estaba tan mojada que no tardó en correrse entre gritos y espasmos, marcando el ritmo con los pies. Desde donde estaba, yo no podía verla, pero imaginaba su cara, como lo hacía entonces, mientras se retorcía y sentí que se deshacía lentamente, entre escalofríos y debatiéndose entre si dejarme seguir o explotar hasta la última gota. Su deseo me alimentaba y seguí un poco más hasta que yo también dejé el sofá inundado. Literalmente.

Cuando vio cómo había sido capaz de ponerme, se recuperó en un instante, lista para una segunda ronda. Quería comprobar que algo tan grande cabía dentro de ella. Yo tardé exactamente lo mismo en volver a estar listo para la acción.

Sin quitarle el vestido, saqué la cabeza del escondite, agarré a Eva por los hombros y la hice rodar por el suelo. Nuestros cuerpos se acoplaron a la perfección, su interior me engullía y cuanto más crecía mi polla, más sitio tenía para darle placer.

Cuando su jefe llamó, Eva no podía evitar coger el teléfono, aunque fuese incapaz de articular palabra. Dejó que él hablara e hizo ver que le escuchaba mientras yo intentaba ahogar sus gemidos.

-Ya… voy. Ya…me.. voy. En cinco, cuatro…. Sí, ahí estaré. -Y colgó, o más bien se le cayó el teléfono de las manos.

La boca ligeramente abierta, otro escalofrío y una mirada a medio camino entre el deseo y la insaciabilidad. Se levantó de un brinco, se recompuso el pelo y se fue, no sin antes dejar un papel con su teléfono anotado.

Mi hija no preguntó por qué se había cruzado con una chica que llevaba su vestido preferido ni por qué había dos copas de vino a medio beber en la mesita del salón.

Antes de que entrase por la puerta, solo me dio tiempo a vestirme del todo y coger las bragas de encaje blanco del baño. Devolvérselas habría sido la excusa para quedar de nuevo con Eva, pero prefería imaginar que estaría pensando en mí al no llevarlas puestas mientras yo me embriagaba de nuevo de su olor en la soledad de mi habitación.

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¿Quieres ser mi musa? Abril: A ciegas

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¿Quieres ser mi musa? es una serie de 12 relatos, uno por cada mes de este año, uno por cada persona que desee inspirarlos.

Abril es un mes especial, por eso esta historia también lo es. Excepcionalmente, este mes tengo dos musas, dos personas que hacen de abril un mes lleno de sentimientos para mí. En su honor, os presento un relato que se lee mejor a ciegas. Disfrutadlo en buena compañía, aunque no creo que tanto como servidora creándolo.

Si tú también quieres ser mi musa e inspirar uno de mis relatos eróticos, puedes mandarme un mensaje en facebook o en twitter.

Ven. Esta noche te toca dormir en el sofá.

No porque hayas sido malo, no; porque yo voy a ser muy mala contigo.

Eso es. Siéntate y deja que te ponga la venda en los ojos. Si no me ves, podrás sentirme mejor. Así, perfecto.

Ahora abre tu mano derecha. Voy a poner un objeto en ella, cógelo. ¿Sabes lo que es? Muy bien, es una pluma. Intenta tocarme con ella, estoy aquí cerca. Puedes acceder a cualquier parte de mi cuerpo.

Entra dentro de mi ropa. Desliza la pluma con suavidad por cualquier rincón imaginable, desde mi pelo hasta la punta de loa tobillos. Incluso, por esta vez, te dejo alcanzar cada dedo de mis pies. Hazlo como la primera vez, cuando nos conocimos en aquel aeropuerto. Como si fuera virgen; como si tú también lo fueras. Temblando, con el mismo miedo y la misma ansia. Eso es.

Veo que te está gustando tanto como a mí. Perfecto, sigue así. Deja que te coja la pluma, ahora me toca a mí.

¿Dónde vas? Las manos quietas, en la espalda. O en la cabeza, como más te guste. Ahora voy a colar mi mano dentro del pantalón y hacer volar la pluma entre tus piernas. ¿Te puedo quitar los pantalones? Creo que lo necesitas.

Por ese escalofrío, veo que sabes que me estoy quitando la ropa. Yo también estoy desnuda, pero no puedes tocarme. No todavía. Si sigues así vas a conseguir lo que nunca antes ha conseguido nadie. Tenerme toda para ti a ciegas.

Shhh. Así. Deja que me ocupe de ti. Durmamos en el sofá. O no.

 

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¿Quieres ser mi musa? Marzo: No somos objetos

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¿Quieres ser mi musa? es una serie de 12 relatos, uno por cada mes de este año, uno por cada persona que desee inspirarlos.

Este es el tercero de la serie, por ahora los encontrarás en mi otro blog los de enero y febrero, aunque también los publicaré aquí.

Si tú también quieres ser mi musa e inspirar uno de mis relatos eróticos, puedes mandarme un mensaje en facebook o en twitter.

Y sin más preámbulos… ¡A bailar!

Sí, me gusta bailar. Sí, me encanta que me miren. Mi cuerpo es mío y es sencillamente perfecto para mí.

Lo que no me gusta es que se crean que, solo porque soy striper, soy un objeto de colección, una muñeca con la que jugar. Porque detrás de lo que hago, aunque nadie lo vea, hay mucho trabajo y horas de entrenamiento. Esa barra no se mueve sola, y pocas personas saben manejarla como yo.

–Chicas, hay novedades. La jefa nos ha reunido a todas en el vestuario después de la actuación.
–¿Y qué crees que querrá?
–Ni idea, solo ha dicho que va a haber reestructuración de personal.

Ya sé lo que significa eso. Significa, seguro, que Sofía se jubila. Que tendremos un jefe, en masculino, que se creerá con el derecho de comprarnos o vendernos al mejor postor. Y por ahí no paso. Nosotras no somos objetos. Antes dimito, a pesar de lo mucho que me gusta mi trabajo.

En mi vida había estado tan nerviosa. Me acerco al escenario y acaricio la barra. Miro a todos los presentes y me da miedo no saber en manos de cuál de esas caras de salido está mi destino. Me deslizo por el suelo, quizás esta sea la última vez que tenga que lanzar un sujetador. Lo hago despacio, con cuidado. Incluso, por primera vez en mi vida, con pudor. Suelto un tirante y recorro el contorno de mi pecho izquierdo hasta liberarlo de la tela. Hoy más que nunca, este espectáculo es para mí, me toco de verdad y siento que se me erizan los dos pezones.

El público enloquece, pero yo no les veo. Yo solo giro y me dejo llevar con la barra, ella es mi única amiga y no sé si volveré a verla.

Las luces se apagan y yo camino despacio hacia el camerino y hacia mi destino, con sudor de purpurina entre las manos. Sí, ahí está Sofía y sí, un hombre la acompaña. No es que sea tan mayor como yo esperaba, aunque quizás soy yo la que es muy joven para él.

Me siento más desnuda que hace un rato a pesar de la bata. Le miro desafiante, pero Sofía no me da tiempo a soltar mi discurso sobre las mujeres y los objetos.

–Chicas, este es Raúl, vuestro… vuestro nuevo compañero.

Todas hacemos un gesto como de taparnos las tetas con las manos, no entendemos muy bien la palabra “compañero” ni qué hace un hombre entre nosotras.

–¿Perdón?
–Que trabajará aquí. Que bailará con vosotras. Concretamente contigo, Marlene.

Marlene, esa soy yo. Y ahora tendré que compartir escenario con un hombre, qué bien.

Sofía se me acerca y me susurra, aunque no haría falta porque las otras están muy ocupadas comentando la jugada:

–Antes de que preguntes, quiero que sepas que te escogí a ti porque quiero dar un nuevo giro al local. Espero que no me defraudes, nena.

Se pone a dar palmadas para agradecernos a todas la actuación y poner fin la función de hoy, como hace siempre. Eso significa que nos podemos ir a casa. O más bien, esta vez son mis compañeras las que se van.

–Tú te quedas con Raúl. Preparad algo que merezca mi inversión  y mi atención.

Y nos deja solos en el escenario. Le miro con cara de “quién te crees que eres” y me quedo quieta. Él por toda respuesta se quita los pantalones, y se queda con una especie de boxers:

–¿Nos ponemos a ello?

Y trepa por la barra. Trepa de una manera que nunca había visto en una mujer: con suavidad, con elegancia, y de una manera insultantemente sexy.

¿Es una guerra? Vale, a este juego yo también sé jugar. Aparto la mirada, me dirijo a la otra barra y la acaricio mientras mis manos, mis piernas y, sobre todo, mi precioso culo, suben hasta el techo y más allá.

Pose para ese fotógrafo inexistente. Mirada al frente, a ese público ausente. Sin darme cuenta, al deslizarme desde arriba bocabajo su cuerpo está ahí para recogerme, de pie, de espaldas a la barra, que sujeta con las dos manos. Mi cara a un soplido de la suya.

Se inclina hacia atrás con un movimiento digno de un contorsionista. Controlado, diría yo. Mis abdominales se ponen en funcionamiento y me sostienen hasta que mis piernas bajan hasta el suelo, y me quedo mirando al frente. Él se incorpora y me agarra por la cintura con decisión, esto estaba claramente previsto y me gusta.

Lo único que no puede controlar es esa erección. Yo tampoco. Sonrío.

Por lo visto también baila salsa, porque me coge las manos y me guía para darme la vuelta. Nos quedamos los dos a cuatro centímetros de distancia, justo el grosor de la barra. No hay aire que quepa entre los tres.

Él aparta la bata de seda y deja mi hombro al descubierto. Luego hace un gesto como de morderlo para deslizar el resto de la bata. Tira de ella a la vez con suavidad y pasión. Yo me pego más a la barra para terminar de desnudarle a él, que vuelve a arquear la espalda. No va a ser fácil que ceda, y curiosamente eso aumenta mis ganas. Al pegarme a la barra, mi pubis se clava en ella, y la siento fría. Exactamente lo que necesito ahora mismo, un poco de hielo para terminar de derretirme.

No lo pienso, lo hago. Empujo todavía más, y con las manos levanto sus piernas, que me abrazan instintivamente mientras sus manos tocan el suelo.

Rompo sus boxers, y él aprovecha el hueco que deja ahora la barra para entrar directo, sin rodeos, sin dudas. Frío y calor, y la barra lubricada en una lluvia de fluidos.

De pronto las luces se encienden, pero el telón no baja. Sofía nos mira, le hemos dado justo el espectáculo que ella quería. Un pase privado e irrepetible.

La pasión y la técnica, la química y la intuición, eso es lo que el público quiere. Nunca seremos dos objetos que se mueven por azar. Tampoco Sofía. Tampoco ellos.

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